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Argentina / Catamarca

Esplendor catamarqueño

Esplendor catamarqueño

A Catamarca le falta el mar. El resto está, como si la naturaleza y la cultura se hubieran empecinado con esta provincia del noroeste argentino. No dan tregua al visitante. Cuando ya viste paisajes cordilleranos habitados por flamencos rosados que mojan sus patas en lagunas turquesa, vienen montañas y volcanes de seis mil metros, luego viñedos de altura y aguas termales y selva y oratorios de adobe y ruinas incas y enormes dunas de arena blanca y tejedoras de ponchos a la sombra de parras. A la vuelta, a la hora de contar el viaje, buenos vinos, alfombras de vicuña, piezas arquelógicas, anillos de rodocrosita, paisajes oníricos y un sabor a aventura bien vivida se agolpan en la memoria como piezas de un rompecabezas.

El viaje por este caleidoscopio geográfico puede empezar con San Fernando del Valle de Catamarca, la capital, vista de arriba. A 18 kilómetros de la ciudad se inicia la Cuesta del Portezuelo, una serpenteante subida en coche que culmina en una vista panorámica memorable del profundo valle catamarqueño, decenas de tonos de verdes surcados por el río Paclín. Desde lo más alto de la Cuesta que inspiró una famosa zamba -a 1.680 metros de altura- se ve la ciudad rodeada de un paisaje árido que muta repentinamente en una vegetación verde y tupida que, a su vez, da paso a los llanos riojanos hacia el Sur. Más allá, el río se pierde en arenales y, al fondo, aparecen sombreadas las cumbres de la Sierra del Ambato. A centímetros, nubes y cóndores sobrevuelan soberanos el valle.

Al descender el camino de cornisa, la ruta provincial 4 conduce a las villas veraniegas de El Rodeo y Las Juntas, separadas 18 km una de otra, la primera más concurrida, la segunda más agreste, ambas recibiendo a los catamarqueños que huyen del calor de la capital, a unos 40 kilómetros.

El primer signo de que Catamarca es distinta está camino a El Rodeo: es el Pueblo Perdido de la Quebrada, sitio arqueológico diaguita perteneciente a la cultura Aguada. Rodeados de cardones alucinógenos, aparecen en barro y piedra los vestigios del poblado, unas 40 construcciones que en los siglos IV y V fueron habitaciones, talleres y corrales de los primeros habitantes de Catamarca. "Toda la provincia es un sitio arqueológico", rezan los guías de turismo. Y no mienten.

De incas y diaguitas

La huella de los diaguitas (más conocidos como calchaquíes) está por todos lados: además de los parques arqueológicos y los museos, repisas y mesitas de luz conservan su legado: dicen que no hay catamarqueño que no tenga en su casa una pieza suelta de la cerámica Aguada, encontrada a la vuelta de la esquina.

Ahora, lo más llamativo de la cultura Aguada calchaquí (expresión artística del periodo que va del año 450 al 950) son las pinturas rupestres del Parque Arqueológico La Tunita, en el departamento de Ancasti. Coloridas figuras de personajes rituales se dejan descubrir en aleros rocosos enclavados en un bello bosque de cebiles.

Otro hallazgo sorprendente se exhibe en el Museo del Hombre de la localidad de Fiambalá, en la precordillera catamarqueña: son momias indígenas de más de 500 años de antigüedad que fueron encontradas en la cercana zona de Loro Huasi.

Y toda la historia y las expresiones precolombinas están perfectamente preservadas y clasificadas en el Museo Condor Huasi de Belén, ciudad que además ostenta el mote de "cuna del poncho". Hay cerca de 3.000 piezas exhibidas por temática y por período, que recorren el largo camino de los catamarqueños.

Y en Londres están los incas. No es broma, en la localidad vecina de Belén que en plena guerra de Malvinas se negó a cambiar su nombre, los incas construyeron El Shincal, conjunto arquitectónico de 21 hectáreas al pie de la sierra de Quimivil. Estiman que los incas habitaron este sitio, cercano a su famoso Camino que discurre en la montaña, entre los años 1380 y 1600. Los arqueólogos lo reconocieron como una Guamani (cabecera provincial) del Tawantinsuyo, en el extremo sur del imperio.

Fuerte Quemado, en Santa María (a unos 15 km de Quilmes) y Pucará de Aconquija, en el departamento de Andalgalá son otros sitios incaicos que pueden visitarse en tierra catamarqueña.

En el Techo de América

Fiambalá es, junto a Tinogasta, la puerta de entrada a la Alta Catamarca, zona cordillerana que, aseguran, sólo es superada en altura por el Cordón del Himalaya. El Techo de América llaman a esta cadena montañosa donde se erigen los Seismiles, volcanes y cerros que superan los seis mil metros. Dejo para el final del relato la recorrida en 4x4 por este paisaje extraterrestre que estremece los sentidos.

Estamos ahora en las termas de Fiambalá, a 1.650 metros sobre el nivel del mar. El sitio es soñado: el complejo está en una quebrada de unos 50 metros de ancho, con paredes de granito de 100 metros de altura, bajo un monte de algarrobos. Los piletones de piedra negra, escalonados, reciben el agua hipertermal que baja derechito de la montaña. Dicen que estas aguas transparentes, calentitas (van de 38 a 54 grados) tienen las mismas propiedades que las francesas de Vichy. No hay mucho más: unas cabañas, un comedor, un camping y vestuarios. Y la luna, iluminando los baños nocturnos en silencio.

Fiambalá es también el inicio (o el final) de la Ruta del Adobe (ver Escenas...) y la ciudad base para visitar las Dunas de Tatón, una kilométrica hilera de altísimas montañas de arena que se disfruta en 4x4, cuatriciclos, tablas de sandboard o, simplemente, dejando rodar el cuerpo por sus aterciopeladas y empinadas laderas.

Las bodegas de Fiambalá completan el circuito obligado por la zona: la gran amplitud térmica (cerca de 20 grados de diferencia entre el día y la noche) produce vinos reconocidos en el mundo, como los de la bodega Don Diego, premiados internacionalmente.

Desde Fiambalá, hay que tomar la ruta nacional 60 en dirección al Paso Internacional San Francisco, frontera con Chile y, en un momento abandonarla. Para adentrarse, con una 4x4, off road, en el vasto y fantástico paisaje de esta porción de la cordillera, del Techo de América. Expertos guía y piloto, hojas de coca y oxígeno envasado hacen falta para sumergirse en la Puna (ecosistema que llega a los 3.500 metros de altura) y, ya más arriba, en los Altos Andes, que reciben con imágenes de otro planeta, habitadas por veloces vicuñas y guanacos.
La subida en 4 x4 hasta la base del Pissis (con 6.882 m.s.n.m., el volcán inactivo más alto del mundo) es lo más parecido a atravesar un cuadro. Se van turnando colores y texturas abismales e incomprensibles en las que no se sabe qué es cielo y qué es tierra. A medida que se avanza en altura, el paisaje hace un zapping natural: de dunas bajo un cielo azul, se pasa a un prado amarillo donde huyen vicuñas, o a un salar con montañas de azules engamados, de fondo.
Pasando los 4 mil metros de altura, aparece una porción de mar en medio del desierto: es el nacimiento de la Laguna Verde, un espejo esmeralda del que se han adueñado un grupo de flamencos rosados. Y ya en la base del Pissis, a 4.200 m.s.n.m, el balcón de la Laguna Verde regala una de las vistas más hermosas del país: lagunas andinas verdes y azules rodeadas de salares y de los seismiles con sus cumbres nevadas: Ojos del salado (6.879 m.s.n.m), Incahuasi (6.640 m), Tres Cruces (6.749 m) y la lista sigue. En total, son 14 cerros y volcanes que forman el Techo de América. De octubre a marzo es la mejor época para hacer esta travesía de alta montaña.
Finalmente, Catamarca tenía un mar. Pequeño, lejano, secreto. Admirado por incas, diaguitas y ahora, viajeros.

Fuente: lv16.com - Río Cuarto

 
 

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