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Un corte y una quebrada

Un corte y una quebrada

Siguiendo los antojos del río Grande, la Ruta 9 conduce a esos poblados que sólo pueden emplazarse en tan maravilloso lugar, son humildes como sus habitantes, y no hablamos tanto de bienes o infraestructura como de corazón, ya que saben no son ellos los protagonistas, sino el magno marco quebradeño.

Sin embargo vale la pena rescatarlos, sacarlos del desconocimiento -suyo o mío, claro está- y mirar esos conglomerados de casitas bajas, con antiquísimas iglesias y un estilo colonial que se mezcla -como todo allí- con la huella indígena. El puñado de pueblos que integran la Quebrada hay que recorrerlos de a uno y paladearlos hasta el final. En esta oportunidad nos detendremos en profundidad en tres de ellos: Purmamarca, Tilcara y Humahuaca, pero para su tranquilidad hay algunos tips a tener en cuenta en su viaje que permitirán conocer otros parajes.

Purmamarca con el célebre cerro de Siete Colores como estandarte, Tilcara con su Pucará y Humahuaca con el resumen de todos los anteriores, con su santo milagroso, su carnaval, sus callecitas angostas y su particular encanto; anímese venga a descubrirlos en esta nota.

Hacia las tierras vírgenes

Purmamarca en idioma aimará significa tierras vírgenes, y aún con los avances del turismo, la tierra habitada sigue siendo virgen en cuanto a contaminación cultural, y eso es bueno. Inmersa en la Quebrada de Humahuaca, entre intensos caminos de colores refulgentes que tiñen cada tramo de la Ruta 52, con el río Grande a un lado, Purmamarca destella a 124 km. de la capital

A 2.192 metros de altura, el apacible poblado se aglutina en torno a la iglesia dedicada a Santa Rosa de Lima, que fue construida por manos locales hacia 1648. La frescura se siente al pasar el umbral, los gruesos muros de adobe que soportan la estructura crean el clima sacro en el templo que da cobijo a las creencias populares.

En el lugar un algarrobo negro de más de 400 años, estoico, glorioso, sobrevive. Una leyenda señala que allí el poderosos cacique Viltipoco, señor de calchaquíes y omaguacas, hacia el año 1600, habría reunido a caciques para enfrentar al invasor español.

La plaza, centro natural del pueblo, frente a la iglesia, alberga un manojo de puestos de artesanos. Allí tejidos, ponchos, dulces, arte en cuero, muñecas rellenas de semillas, con vestimenta típica, calabazas repujadas, entre otras. Miel casera en potes de cerámica y artesanía en cardón a manos de niños que las comercializan siguiendo a los turistas, que compran todo lo que encuentran a su paso.

En las cercanías, y como parte del circuito para el visitante, se pueden conocer viviendas-talleres, que muestran y venden mantas tejidas al telar, y en otras ángeles arcabuceros como los de la hermosa iglesia de Uquía.

Otro sitio para empaparse de arte autóctono es el Mercado de Artesanías, allí reinan los tejidos, incluso se comercializan los ovillos de lana. Tapices, indumentaria de lana de llama, y delicias dulces.

Para regocijarse con la postal de la Quebrada, hay que llegar al mirador, desde ese lugar el Cerro de los Siete Colores resplandece, y se ríe de las cámaras que se empeñan en capturar su hermosura. Es la postal de Jujuy por excelencia, es la imagen que recorre el mundo, y ahora frente a nuestros ojos, es sencillamente emocionante.

La nota gastronómica -no podía faltar-, la da el restaurante de la plaza que ofrece las mejores humitas en chala, pero también locro y empanadas locales, queso de cabra y asados de cordero y cabrito, un menú espectacular, acompañado de un buen tinto o un torrontés de Cafayate.

También la peña y restaurante El Rincón de Claudia con muy buena música y vinos, ofrece gastronomía típica en una ambiente acogedor. No se pierda la llama al vino con papas andinas o el guiso de quinoa, no se arrepentirá. (Ver receta aparte)

Fortificaciones y restos arqueológicos

Tilcara, es uno de los cuatro pueblos fortificados que los habitantes primitivos de la Quebrada de Humahuaca edificaron sobre sendos morros situados en el lecho del río Grande. Tilcara es el nombre de aquellos habitantes de la zona, los que dejaron importantes datos acerca de su cultura de la que se desconoce su antigüedad. El pueblo, como hoy lo conocemos nació hacia 1586 y es uno de los lugares imperdibles de la magnífica Quebrada.

Como en los poblados vecinos las casitas descoloridas hechas de tierra y paja constituyen el núcleo urbano, y lo interesante es que -como en el resto de las poblaciones quebraderas- a pesar de las nuevas construcciones, se intenta que la estética no sea alterada con edificaciones que contaminen la visual.

Los pucarás quizá sean los signos distintivos de Tilcara. Ellos desde lo alto dan cuenta de la organización de los habitantes, dedicados principalmente a la agricultura, que construyeron fortalezas para protegerse de otras tribus.

El famoso Pucará -el reconstruido y de mayores dimensiones- y el Jardín Botánico de Altura, son los atractivos, objeto de la mayoría de las excursiones, como así también la denominada Garganta del Diablo, fantástica abertura, falla geológica, desde donde se aprecia la Quebrada en toda su extensión.

Pero vamos a detenernos aquí. El Pucará es una de las ruinas parcialmente reconstruidas del pueblo originario de pastores y agricultores. Se alza a unos 70 metros del cauce del Río Grande, en un cerro, y llena una superficie de 15 hectáreas. Servía para defenderse de los ataques, ya que por un lado hay acantilados sobre el río Grande, por otro lado muralla defensiva. Las viviendas se construyeron en forma escalonada y al pie los corrales.

La base el Jardín Botánico de Altura, que ocupa unas tres hectáreas, brinda un amplio y completo panorama de las especies autóctonas de la Quebrada y de la Puna. Existe además un sector destinado a llamas y vicuñas, camélidos que se adaptan perfectamente a la región.

Un sitio particular -ya en el pueblo- es la iglesia Nuestra Señora del Rosario cuya construcción se remonta a 1797 aunque se inauguró casi 60 años más tarde. En ella se destaca la pintura de la Seis Escenas de la Virgen perteneciente a la escuela cuzqueña.

Los restos arqueológicos, a modo de cultura viva eternizada en pucarás, antigales y pinturas rupestres se hallan diseminados por doquier, y se los puede ver. Expresiones populares prehispánicas como el culto a la Pachamama sobreviven felizmente; otras incorporadas con la nueva cultura como las procesiones religiosas, misachicos, los pesebres vivientes y la Semana Santa han adquirido carácter propio.

Y si de festejos y celebraciones hablamos, el carnaval es una expresión que mixtura tradiciones paganas con las cristianas, realmente auténtica, que se lleva a cabo bajo el sonido de sikuris, quena, caja, erque, erquencho y charango.

Más acerca del modo de vida de estas localidades se aprehende en los museos y en las calles. En cuanto a los servicios turísticos cuenta con variados restaurantes, confiterías, servicio mecánico y gomería. Su plaza hotelera permite albergar a ciento ochenta personas.

A tan sólo 8 km de Tilcara se emplaza Maimará, con sus cerros coloridos, su paleta de pintor, que hace una síntesis de los que se encuentra a lo largo del recorrido de la Quebrada - desde la ciudad de Yala al Sur hasta llegar a Humahuaca en el Norte-. Es menester caminar la bella Maimará, hablar con su gente y sentir, sólo sentir. Además se puede apreciar un cementerio en la altura, típico de esta región donde desde tiempos inmemoriales se realiza culto a los muertos.

Finalmente, Humahuaca

A 126 kilómetros de San Salvador de Jujuy, se levanta Humahuaca, impertinente sobre el corolario de cerros de colores, con casitas amontonadas, como para no usurpar el impecable paisaje.

Poblada desde mucho antes a 1591, año de la fundación hispánica, por los Omaguacas, el sitio en las alturas es un refugio para el alma. Rostros redondos bronceados por el sol y el aire, por años de calores y fríos intensos, sonrientes reciben a los buses turísticos. Algunas artesanías son la excusa para un primer diálogo, tímido, vergonzoso, pero por demás respetuoso. Por algunos pesos, los chicos se ofrecen a ser guías en la bella localidad que cuenta con una tradición a la que ningún visitante rehúye, ver la aparición de San Francisco Solano articulado, que cada día a las 12 aparece por un par se segundos para cumplir -según afirman- los pedidos de los fieles.

El primer punto a conocer es la Catedral Nuestra Señora de la Candelaria y San Antonio, de 1631, donde un magnífico altar dorado con una imagen de la virgen tallada por los aborígenes y las pinturas de la escuela del Cusco - son de 1764 realizadas por el artista Marcos Sapaca- actúan como máquina del tiempo, e inmediatamente trasladan a los primeros años de la conquista. Sólo respeto hacia esas manos laboriosas se puede sentir.

Las callecitas empedradas, angostas y suavemente empinadas, dan el talante del poblado más famoso, y el de mejores servicios para el turista. Casas peticitas, farolitos de hierro y el color adobe que sólo se combina con el rojizo de algunas construcciones dan la impronta típica de Humahuaca.

Luego el tour traslada hacia el Monumento a la Independencia en las alturas, desde ese lugar la vista es impactante: callecitas sin sentido, casas descoloridas y las mágicas montañas policromas a los lados. Hacia la izquierda aún en pie, una torre recuerda a la iglesia de Santa Bárbara. En tanto sus escalinatas son las gradas de la fiesta de Tantanakuy, un evento musical que se lleva a cabo antes del carnaval.

Aquí -como en los otros poblados- las artesanías son de alta calidad, hay talleres y mercaditos para visitar, pero si de rescatar el pasado se trata hay que llegar al Museo Folklórico Regional.

En cuanto a la gastronomía encontrará las mismas delicias locales que en el resto de la quebrada, dos sitios recomendados: La Cacharpaya o la Peña Fortunato Ramos para saborear humita, empanaditas, bifecitos de llama, guisos y tantas delicias norteñas.

Respecto a las fiestas populares, es el Carnaval la más pintoresca por sus multicolores pasajes callejeros. Durante 9 jornadas máscaras y disfraces dan rinda suelta a los diablitos que no paran de bailar, brindar y celebrar. En el museo folklórico muchos elementos de esas fiestas se pueden ver.

Fuente: Diario Los Andes - Mendoza

 
 

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