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Argentina / Santa Cruz

Patagonia mágica y trágica

Patagonia mágica y trágica

Conocí el Glaciar Perito Moreno hace unos días, octubre de 2007.

El glaciar es un bosque inmenso de hielos, muchos con forma de chocolate blanco en rama, apiñados uno encima de otro, de matices blanco y celeste, que encandila cuando el sol resplandece sobre su anchura. Esta majestuosa pared de hielo cubre una extensión de 230 km cuadrados, aproximadamente.

Es un paisaje imponente, que deja boquiabiertos y meditabundos. Se observa a buena distancia desde pasarelas que serpentean por laderas frondosas. Esta formación helada tiene millones de años y ha sido bocado obligado de geólogos y científicos. Deleite de los hombres comunes, para quienes las explicaciones tienen relativa importancia. El glaciar está como sobrepuesto en un lago de aguas calmas, el lago Argentino, y es destino multitudinario de turistas de todos colores y formas de caras.

Desde hace unos años, esa mole fría produce el mayor ingreso de dinero a un pequeño pueblo santacruceño llamado El Calafate. Este nombre, es el nombre de un arbusto que gobierna el suelo patagónico, de florecillas amarillas, como nuestro aromo, y de cuyo fruto, parecido a una ciruela minúscula, se elaboran dulces para decorar las tostadas del desayuno.

El Calafate se encuentra a más de dos mil kilómetros de Córdoba y también es destino laboral de miles de argentinos tentados por la fiebre del oro blanco, es decir, el glaciar, que como dije, atrae euros y dólares de la mañana a la noche. Cuando los visitantes sacian sus ojos, continúan viaje, para Ushuaia, Bariloche, las Cataratas o Buenos Aires.

Para llegar al glaciar, hay que recorrer 80 kilómetros desde el pueblo. Si no se dispone de movilidad propia, se debe alquilar un remise, o un servicio de traslado con guía que vale mas de 150 pesos, a lo que se debe incluir el valor del ingreso al Parque Nacional Los Glaciares, que es de 10 pesos para los turistas argentinos.

Si se prefiere ir en forma autónoma, hay que abordar un ómnibus en la Terminal que vale 60 pesos, ida y vuelta, y regresa al pueblo a las tres de la tarde, aproximadamente.

El glaciar, como dije, es una experiencia única.

El lago que lo circunda, su entorno de picos nevados y las ´detonaciones´ que provocan los desprendimientos del hielo, son un espectáculo a cielo abierto, surcado por cóndores que se asocian al concierto.

Cuando un trozo de pared gigante se desprende y se desploma en el lago, desde varios metros de altura, las aguas se estremecen y generan un oleaje que ondean a las lanchas que navegan a poca distancia de la muralla congelada.

Los ojos absortos y los gritos de la gente completan esa puesta en escena.

Muy cerca de allí, saliendo del parque y retornando al Calafate por un desvío del asfalto y tomando un camino de ripio, hay otro ´paisaje´. Se trata de un modesto monolito, de color negro, con una cruz y una placa que recuerda a los peones rurales fusilados en 1921 en esos alrededores.

A poca distancia, se encuentra la Estancia La Anita, gran predio de esquila de ovejas, fuente de riqueza por excelencia de estancieros oriundos de España y Rusia, los Braun Menéndez, asentados allí desde varias décadas atrás.

Monolito y estancia también son dos piezas congeladas en el tiempo, en el corazón de los vientos, como el glaciar. Allí, el aura del luto también quedó petrificada bajo las tumbas de casi 600 hombres que pugnaban por un salario digno, la traducción del inglés al español de instrucciones del botiquín y la cesión de velas para darse luz por las noches.

Paisaje y drama. Paisaje y tragedia confluyen en ese punto infinito de nuestra lejana Patagonia. La estepa suave, a lo lejos la delgada línea turquesa del lago, las montañas salpicadas de nieve, un camino prolijamente ripiado, donde alguna camioneta 4 x 4 pasa de vez en cuando levantando polvareda…

Esa es la Patagonia que nos mostró Osvaldo Bayer a través de su histórico libro La Patagonia rebelde.

Si el glaciar tuvo sus peritos, la tragedia de los esquiladores tuvo su arqueólogo, este gran periodista, cuya pesquisa fue llevada al cine con la Patagonia Rebelde, (Héctor Alterio, Federico Luppi, Pepe Soriano) emblema del cine político de los años ´70. Este punto de la Patagonia, este cerco mortal donde la peonada caía bajo el fuego de los militares sin defensa alguna, no recibe tantas visitas como el glaciar ni está presente en forma masiva en las sugerencias turísticas. Solo algunos interesados llegan hasta el lugar, a rendir un rato de silencio y contemplación a la memoria indignante de aquella masacre.

Una vez allí, caí en la tentación de fotografiarme junto al monolito. Después ingresamos a la estancia, donde un peón chileno de 70 años, del mismo aspecto seguramente, de aquellos hombres masacrados, respondió humildemente algunas preguntas.

Al salir, llamó nuestra atención el balido de un cordero que se había quedado sin poder traspasar al corral donde estaba su madre. Lo ayudamos a cruzarse y el lo agradeció prestándose mansamente a compartir una foto. Fue un acto de ternura recíproca, necesaria, en aquel atardecer apacible de un sábado diferente. Después, el regreso y la sensación en los cuerpos: el Glaciar impacta, absorta, emociona. El monolito, la estancia, el coraje hecho sepulcro, revuelven la sangre.

Fuente: Diario La Voz del Interior - Horacio López
Fotos de Alix & Gerard - http://www.flickr.com/photos/bearlair/

 

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