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Antártida: mil kilómetros al sur del fin del mundo

Antártida: mil kilómetros al sur del fin del mundo



Desde el puerto de Ushuaia una inolvidable travesía, entre hielos, a bordo del crucero noruego Nordnorge, que fue noticia por rescatar a los pasajeros del buque Explorer, accidentado mientras navegaba en aguas antárticas

A principios del mes último, un equipo de LA NACION participó de un viaje de exploración por la Antártida, el continente más frío e inhóspito, el último en escuchar la voz humana y seguramente el más misterioso. El recorrido se hizo a bordo del Nordnorge, el enorme barco de bandera noruega que aparecería, dos semanas más tarde, en medios de comunicación de todo el mundo tras haber rescatado a los pasajeros del accidentado Explorer.

A BORDO DEL NORDNORGE.- El avance lento va dejando a un lado planchas gigantes que flotan, crujen y transmiten calma. El cielo es blanco, el agua también, aunque las grietas en el hielo permiten salir de la ensoñación para simplemente asombrarse. ¿Qué puede causar asombro con el paso del tiempo? ¿Un paisaje?

Horas después de la partida desde Ushuaia, el Pasaje de Drake deja en claro que es allí donde chocan las corrientes del Pacífico y el Atlántico. El amigo dramamine alcanza para mantener las formas, pero el movimiento supera lo esperado y el consejo de resistir en posición horizontal es cumplido a fuerza de la naturaleza.

Así pasan las primeras 36 horas, con olas de ocho metros y gran parte de los pasajeros en sus camarotes, tratando de dormir sobre una cómoda cama devenida caballo de calesita. Por los altavoces anuncian que la primera función de cine nocturno, On the Icy Edge of the World, documental por supuesto, se ha suspendido "porque el barco se está moviendo", una explicación curiosa para uno que lo sabe hace rato. Pero el mensaje consuela: nada muy interesante está pasando fuera de la habitación-cabina.

Durante el desayuno y con el mar en calma empiezan a conocerse los pasajeros, compartiendo mesas, hablando distintos idiomas. La mayoría proviene de Estados Unidos, Alemania y Francia, y el 80 por ciento tiene entre 60 y 75 años; hay unos pocos más jóvenes y algunos octogenarios. Salvo un guía argentino del grupo norteamericano, tres chilenos de la cocina y el depósito, y el equipo de LA NACION, no hay hispanohablantes a bordo.

Cerca del mediodía anuncian el esperadísimo primer descenso, en la isla Aitcho, que forma parte de las Shetland del Sur. Hasta sus costas llegan pingüinos de barbijo (chinstrap) y de vincha (gentoo) en época de desove y los primeros turistas de la temporada primavera-verano.

En botes PolarCirkel para ocho personas se realizan los desembarcos, con una hora por grupo para recorrer el lugar, bien delimitado por el equipo de expedición que bajó unos minutos antes. Su función es reconocer el terreno y evitar el acercamiento excesivo de los viajeros con los animales. "A más de cinco metros, los pinguinos se estresan", aseguran.

En muchos de los cruceros por la zona, la dinámica es similar. Durante la navegación, los pasajeros leen, conversan, sacan fotos, participan de conferencias y disfrutan, tres veces por día, de las delicias del restaurante: hay salmón hasta en el desayuno, además de quesos, mariscos y ahumados de todo tipo. Pero la emoción más fuerte, desconocida, llega en el momento de bajar, algo que puede ocurrir hasta dos veces por día, pero que depende exclusivamente del clima.

El recorrido suele modificarse durante todo el trayecto. Por ejemplo, en los siete días de este viaje por la zona, casi nunca se pudo cumplir el programa anunciado la noche anterior. Por eso no se ofrecen programas cerrados, sino sólo itinerarios posibles.

Incluso en cuestión de minutos se puede levantar una tormenta, de manera que en cada desembarco, el staff de expedición baja carpas y algo de comida, por si no hay posibilidad de volver rápidamente al barco. "Nunca hay un viaje igual a otro, pero en este caso tenemos una cantidad de hielo en la zona que no habíamos visto durante esta época del año en la zona", cuenta el capitán Arnvid Hansen, desde hace cuatro años al mando del Nordnorge.

Unos 30.000 turistas visitan la región entre octubre y marzo, una cantidad muy superior a la población, siempre rotativa, de este continente cuya superficie es mayor a la de Europa. Cerca de 50 estaciones, generalmente científicas, se ubican en distintos lugares; una de las más famosas es la norteamericana Amundsen-Scott, exactamente en el Polo Sur (el punto más meridional de planeta), en forma opuesta a la base rusa del Polo Norte, como los símbolos más explícitos de la Guerra Fría. Pero las bases que se pueden visitar están cerca de las costas, principalmente de la península Antártica, que apunta hacia la Argentina y Chile.

El Nordnorge sigue de manera anecdótica la ruta de Ernest Shackleton, cuya expedición de 1914 se convirtió en una aventura heroica, tras salvar la vida de su tripulación, aislada durante meses. Su acto de valentía les dio una gran historia a estos cruceros, que van tras sus pasos con espíritu de aventura.

De otro mundo

Son las 22.30 y queda algo de luz, pero casi ningún turista despierto. Sólo dos mesas del bar, en el 7° piso, están ocupadas. El barco pasa la noche anclado frente a isla Medialuna, protegido por icebergs y montes de nieve. "Estar en la Antártida debe ser lo más parecido a conocer otro planeta", reflexiona Patricio Thijssen, el guía de Lomas de Zamora que viaja por el mundo 200 días por año, pero que aquí ni siquiera tiene que cambiar la hora de su reloj.

La nave alcanza su punto más lejano al día siguiente, a 1065 kilómetros de Ushuaia, cuando la cantidad de hielo impide seguir hacia el Sudeste. El frío en las cubiertas no intimida a quienes desean tomar fotos del mar gelatinoso, que parece respirar a medida que sus placas de hielo se elevan y bajan. Pero la mayoría de los pasajeros disfruta frente a los ventanales, resguardados de la temperatura bajo cero.

Junto a su taza de café seguramente helado, Ingrid, de 65 años, se frota las manos con suavidad. Ella viajó por cuatro continentes, pero nunca había estado aquí, igual que la gran mayoría de los 190 turistas a bordo. Ahora disfruta de un viaje que, según cuenta, esperó toda su vida.

El amanecer ventoso sorprende al líder de la expedición, Franz Gingele que, a las 7, explica a través el speaker del camarote que harán pruebas para ver si el viento permite los descensos. Desde la ventana se ve a uno de los botes luchando por alcanzar de nuevo el barco, de manera que ni hace falta la comunicación oficial: otro descenso se ha suspendido. Pero será el último. Desde esta tarde se podrán pisar algunos de los sitios más extraños del planeta.

El crucero avanza hacia la Isla Decepción, el primer lugar donde se puede sentir el pasado humano en la Antártida, conocer algo de una historia vinculada no sólo con la ciencia, sino también con el comercio y la aventura.

En su bahía Whalers se concretan los desembarcos. Aquí, una estación ballenera dejó rastros metálicos de sus tiempos de pesca (entre 1905 y 1931), además de casas abandonadas que, cubiertas de nieve, exhiben aires fantasmagóricos.

La isla cuenta con el principal volcán activo del estrecho de Bransfield, cuyas erupciones entre 1967 y 1970 destruyeron una estación chilena y otra británica. La nieve cubre el paisaje, pero la tierra volcánica se distingue en la orilla, junto a un piletón de aguas termales que desafía a los turistas: si aceptan bañarse allí, recibirán un certificado de valentía. Claro que para obtenerlo deben zambullirse antes en el mar helado. Ocho pasajeros que tenían la decisión tomada, bajaron con trajes de baño debajo de sus interminables capas de abrigo, se animan al chapuzón y posan para las fotos.

Desde la ventana del bar del crucero, los icebergs se ven cada vez más grandes. Bernard Biale, geólogo francés, toma nota de la ubicación del barco, con ayuda de su GPS y el monitor de plasma que indica la ruta. Lo hace tres veces por día. En la mesa contraria se encuentra Daniel Croisier, suizo y ex navegante que todas las tardes se sienta en la misma ubicación. El trabajó en mares del Sur durante décadas, pero no había traspasado los 60° S de latitud, de manera que esperó jubilarse para hacer dos viajes seguidos a bordo del mismo barco; su recorrido empezó dos semanas antes, en el circuito que incluye las Malvinas.

Hacia la Isla Elefante

El quinto día comienza frente a una bahía amurallada de hielo, la Yankee, de la isla Greenwich, también integrante de las Shetland del Sur. Los elefantes marinos rompen el silencio con gemidos, pero la gran atracción es la colonia de pingüinos de vincha, un grupo amigable que sorprende cuando se desliza. Los salteadores (o skuas) se portan mejor que lo esperado; el consejo era mantenerse lejos, para evitar sus picotazos.

Quienes buscan explicaciones sobre el comportamiento de las especies o se quedaron con ganas de ver más pájaros bobos, en la sala de cine disfrutan, por la tarde, de La marcha de los pingüinos en su versión de la National Geographic.

El sexto día comienza con uno de los desembarcos más esperados, en la estación polaca Arctowski. Después de las charlas y películas sobre aventureros barbudos por la zona, encontrarse con un clima de hostel resulta sorpresivo. Científicos mayormente jóvenes conviven en esta costa de la isla 25 de Mayo, en una rotación que, en temporada de cruceros, incluye la atención de un bar y un local de souvenirs.

En su marcha hacia Isla Elefante, un iceberg de 60 por 17 kilómetros deja perplejos a los pasajeros. El capitán, después del OK del equipo de expedición, que bajó a investigar la zona, decide navegar en paralelo a su lado más extenso.

Después sí alcanza la isla, donde los hombres de Shackleton esperaron ser rescatados. Llegar hasta aquí es motivo de festejos, por eso la cena es temática , con el líder de la expedición disfrazado de... náufrago. Habrá luego más participación de los tripulantes, como la fiesta filipina, donde por ejemplo el barman cantará acompañado por el capitán Hansen, también tecladista. Habrá más paisajes imponentes, cuando el barco comience su recorrido por los fiordos chilenos. Esa parte de la historia quedará para más adelante.


Estudian limitar la cantidad de cruceros

El accidente del Explorer, el viernes 23 de noviembre, abrió grandes interrogantes en relación con los viajes a la Antártida. ¿Es seguro navegar por estos mares lejanos cuando no han llegado a descongelarse? ¿Cómo evitar la contaminación con el auge de visitantes? La Secretaría de Medio Ambiente estudia limitar la cantidad de cruceros y convocó a una mesa intergubernamental para evaluar el tema. Por su parte, la Asociación Internacional de Operadores Turísticos de la Antártida, que regula la actividad, presenta en su website (www.iaato.org) un informe sobre el hundimiento, que destaca la velocidad del salvataje y afirma que tres cruceros estaban a menos de 75 kilómetros, con posibilidad de hacer los rescates. También, que se espera que el combustible "se disperse sin efectos nocivos", pero que "preocupan el aceite, los plásticos y otros agentes". Tal como publicó LA NACION el viernes último, más de 2000 aves podrían sufrir una intoxicación por la mancha de petróleo.

Estación Arctowski

En la isla 25 de Mayo, también llamada Rey Jorge, la estación Henryk Arctowski tiene un centro de información turística, junto al faro, para que los visitantes puedan hacer el recorrido por su cuenta, siempre delimitado por los equipos de expedición. En el pequeño puesto de madera se venden pins y remeras, además de postales, que si uno quiere enviar pueden ser selladas en el cálido refugio-bar. Ubicada muy cerca de una estación brasileña y de campamentos de verano de Perú y Estados Unidos, la base está rodeada de simpáticos pingüinos de ojo blanco.

Datos útiles

Cómo llegar

La temporada es de octubre a marzo. El Nordnorge es parte de la flota de Hurtigruten, compañía noruega que ofrece recorridos de 10, 15 y 19 días, que pueden incluir las Malvinas y los fiordos chilenos. Los precios varían entre 4500 y 13.600 dólares, con pensión completa (sin bebida), aéreos e impuestos aeroportuarios. También están incluidos los descensos en territorio antártico, no las excursiones adicionales.

Qué llevar

Ropa térmica e impermeable, remeras o camisetas de telas respirables (mantienen el cuerpo seco después de una caminata), medias especiales, guantes, gorro, protector y lentes de sol, más pastillas para el mareo, por si acaso. Una campera rompeviento suele estar incluida en los paquetes.

Más información : www.hurtigruten.cl

Fuente: Diario La Nación

 

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